miércoles, 18 de enero de 2012

TEXTOS PARA RESUMIR

TEXTO PARA EL COMENTARIO
TEXTO A
Sigo siendo un animal pre-tecnológico; y, sobre todo, sigo cultivando mis manías, como cualquier cascarrabias que se precie. Aceptando que el teléfono móvil es ya una conquista irrenunciable de las comunicaciones, uno se atrevería a demandar un uso responsable del mismo. Sigo sin soportar a esos maleducados que, en medio de un apacible viaje en tren, se obstinan en hacerme insufrible el trayecto, con llamadas vociferantes y absolutamente superfluas que hacen imposible descabezar un sueño o zambullirse en la lectura de un libro, convirtiendo los vagones en un guirigay de palabras mentecatas y politonos botarates. Quizá tan sólo se trata de un problema de urbanidad; quizá nuestros modales no han progresado a la misma velocidad que las telecomunicaciones. ¿Para cuándo inventarán los vagones sin cobertura?
                                                                                                                                Juan Manuel de Prada
TEXTO B
ERA alto, rubio, con escaso pelo. Vestía un terno azul oscuro y camisa azul claro, un aceptable contraste para quienes entienden la corrección en el vestir como un juego de equilibrios que sólo rompen, de vez en vez, con algún detalle de aparente iconoclasiai adquirido, a precio de oro, en algún comercio especializado en heterodoxiasii cool para asimilados. Completaba su irreprochable indumentaria una discreta corbata cuyo nudo no ajustaba en el cuello de una camisa desabrochada en su último botón, eso sí con estudiado descuido. Y hablaba sin parar por el móvil.
Quienes, por solidaridad con los fumadores pasivos, hemos aceptado disciplinadamente una ley antitabaco que fulmina a los fumadores a cañonazos, tenemos derecho a exigir a nuestro superprotector Ministerio de Sanidad, o a quien competa, algún tipo de escudo que nos ampare frente a otra contaminación no menos insoportable. Me refiero a la que padecemos quienes nos vemos obligados a escuchar, absolutamente pasivos, las conversaciones por móvil de ciudadanos (¿) desaprensivos y gritones propensos a entablar un diálogo inalámbrico, casi siempre intrascendente y completamente prescindible, en cualquier lugar público. Y, con especial ensañamiento, en el interior de un vagón de tren.
Mi compañero de viaje era ambas cosas; desaprensivo y gritón, quiero decir. La existencia del vacío legal aludido, por muchas razones deplorable, me fue compensada en este caso, sin embargo, con la oportunidad de obtener de primera mano el retrato-robot de un género de individuos cuya tipología buscaba hacía tiempo.
Al cuarto «cariño» y al quinto «corazón» averigüé que a quien se dirigía por el móvil de última generación no era a su mujer, o lo que fuera, sino a su secretaria. A la que encomendaba una y otra vez, a grito limpio para que el resto de viajeros lo escucháramos, mil gestiones, todas ellas más importantes que la anterior. Eso sí, pidiéndole disculpas -«¿te importa, cariño?»- a cada nuevo encargo. La naturaleza de su trabajo -de servicios, también de última generación- nos fue dada a conocer a golpe de alaridos.
Sirven los aperitivos. Ordena un inocuoiii zumo de tomate y solicita comida de régimen. «¿La ha pedido con antelación?». «Por supuesto, mi secretaria lo hizo ayer». «Voy a comprobarlo, señor». Gesto desabrido. Pasa el carrito de los periódicos. Requiere un título. No hay. Le ofrecen otros cinco (El País, ABC, La Razón, Herald Tribune y Le Monde), más los deportivos. «¿Es que aquí sólo tienen periódicos del PSOE»? (¡¡¡) Finalmente, acepta dos de los abominables diarios socialistas que le han sido ofrecidos. Pasa páginas, no lee absolutamente nada. ¿Síndrome de abstinencia?
Llega la comida. Finalmente, no hay de régimen. Ya ni siquiera protesta. Disimula su indignación con nuevas llamadas a la secretaria. «Soy yo otra vez, corazón. Estarás diciendo «vaya pesado». Disculpa, cariño, pero se me había olvidado...». «¿Algo de beber?». La camarera interrumpe. Sobredosis de odio en la mirada. «Fanta de naranja». Sí, habíamos oído perfectamente. ¡Fanta de naranja! Picotea algo de los platos, no mucho, pero se bebe el fanta en un suspiro. Da otro repaso ciego a los periódicos socialistas, pero antes de concluir ese recorrido por la nada, avisan por megafonía de la inminencia del próximo destino. «¿Alguna cosa más?». La camarera, otra vez. «Sí, otro fanta de naranja». Lo engulle como en una mañana de resaca y sale disparado, con el móvil colgado de la oreja, hacia la plataforma.
Filtré todas esas imágenes mientras anunciaban mi estación. Y formulé una sospecha: quizá esa sea la única emoción fuerte que el hombre de azul experimenta cada día de una vida probablemente tan descafeinada como la comida que ordena; […] inyectarse en vena cada mañana, a través de las ondas, una poderosa ración de adrenalina antes de iniciar una nueva y tediosa jornada dirigiéndose a la educada (y conmiserativa) sonrisa que le espera en la antesala de su despacho […].
                                                      Extraño (con móvil) en un tren  EDUARDO SAN MARTÍN
                                                                                                                             ABC 30/12/2006
1. Resuma los dos textos.
2. Destaque la diferencia entre la idea fundamental del texto A y la del texto B.
3. Indique las expresiones del texto B que sean similares a las afirmaciones siguientes del texto A: “maleducados … llamadas vociferantes y absolutamente superfluas”.
4. ¿De qué modo aparece en el texto B la referencia “esos maleducados” del texto A?

Aclaraciones de significados:
I. Iconoclasia. Mezcla de varios estilos.
II. Heterodoxia. Disconformidad con las ideas imperantes.
III. Inocuo. Que no causa ningún daño.
IV. Conmiserativa.Compasiva.

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